En el cielo del otoño, las noches crecen y la luz se retira. En esta época del año, cuando el viento cambia de tono y las tardes tienen otro color, el cielo de Samhain anuncia el final del ciclo de la luz. Lo que hoy llamamos Halloween nació de ese instante celeste, del momento en que el Sol cede su dominio y el firmamento se llena de nuevas constelaciones, marcando el inicio de la oscuridad y del tiempo de las estrellas.
Para los pueblos antiguos, aquel cambio en el cielo era mucho más que una transición de estaciones. Cuando la luz se rendía ante la noche, también lo hacía la vida ante la muerte y el firmamento se convertía en un espejo de esa transformación. De esa conexión entre el cielo y la Tierra nacería el Samhain, la celebración que marcaba el fin del verano y el comienzo del año oscuro.
El Samhain y su vínculo con el cielo
Para los antiguos celtas, las señales del firmamento marcaban el paso del tiempo. El año se dividía en ciclos determinados por la posición del Sol, y Samhain representaba uno de los más importantes: el punto medio entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno. Era el momento en que el Sol descendía a su altura más baja en el cielo, y la oscuridad comenzaba a dominar los días.
Esa noche, el límite entre la vida y la muerte se desdibujaba. La Tierra dormía, los campos quedaban vacíos y las hogueras se encendían para iluminar el paso al nuevo año. En el cielo, nuevas constelaciones emergían, y entre ellas destacaban las Pléyades.
A medida que las noches se volvían más frías y el aire más claro, aquel pequeño racimo de estrellas parecía flotar sobre la oscuridad. Su aparición marcaba el fin de la cosecha y el inicio del tiempo de las sombras. Para muchas culturas, esas luces agrupadas fueron un presagio, una puerta simbólica entre el mundo visible y el invisible. En su resplandor azul, los celtas reconocieron la señal del invierno que comenzaba.
Las Pléyades: las siete hermanas del otoño
En lo alto del cielo, dentro de la constelación de Tauro, un pequeño cúmulo de estrellas brilla con un resplandor frío y azul. Son las Pléyades, conocidas desde tiempos antiguos como las Siete Hermanas. Su belleza ha cautivado a casi todas las civilizaciones que levantaron la vista al firmamento: griegos, mesopotámicos, mayas, japoneses… cada cultura les dio un nombre, pero todas vieron en ellas el símbolo de un ciclo que muere y renace.
En las largas noches de Samhain, esas estrellas agrupadas recordaban que, aunque la oscuridad avanzara, la luz seguía presente en la distancia. Los celtas las observaban como un presagio de transformación, un faro que anunciaba el inicio del año oscuro.
Mientras la Tierra dormía, el cielo seguía su curso, y aquellas siete luces continuaban unidas en su danza silenciosa, ajenas a las estaciones humanas. Hoy, cuando las observamos, seguimos viendo lo mismo que ellos: un racimo de fuego suspendido en la noche.

La noche y sus símbolos
Cuando el Sol cedía su lugar a la oscuridad, los celtas encendían hogueras para mantener viva la luz. Las llamas se alzaban como estrellas en la tierra, un reflejo del cielo de Samhain. Aquellos fuegos no solo iluminaban el camino de los vivos, también guiaban a los espíritus en su regreso al mundo.
El fuego era protección y memoria. Representaba la luz que se resiste a morir, la chispa que permanece incluso cuando todo alrededor parece desvanecerse. En torno a él se reunían familias, contando historias y esperando el amanecer, mientras en el cielo las Pléyades ascendían lentamente, recordando que el invierno acababa de comenzar.
La noche era un espacio sagrado, un tiempo de introspección. Bajo ese cielo de Samhain, los antiguos celtas comprendían que la oscuridad no debía temerse, sino entenderse.
El velo entre mundos
En las noches de Samhain, los celtas creían que el velo que separa el mundo de los vivos y el de los muertos se hacía más delgado. No se trataba de un sentimiento de temor, sino de profundo respeto. Sabían que, del mismo modo que el Sol desaparece antes de renacer cada día, la vida también se repliega en la oscuridad antes de volver a florecer.
Ese velo no solo pertenecía exclusivamente al reino de los espíritus. También existía en el interior de cada ser humano: una frontera invisible entre lo que comprendemos y lo que aún permanece oculto. Al mirar el cielo de Samhain, los celtas veían reflejado ese misterio.
Quizá por eso esta época del año siempre nos invita a mirar hacia arriba y hacia adentro al mismo tiempo. Entre el fuego y las estrellas, entre la memoria y el silencio, el cielo parece susurrar que nada termina del todo, que todo lo que se apaga en la oscuridad encuentra un modo de volver a encenderse.
Y así, cada 31 de octubre, en cada farol encendido en Halloween, aún late el fuego de Samhain, la misma llama que quiso vencer a la oscuridad.
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Referencias y enlaces de interés.
- National Geographic – “Samhain, el antiguo festival celta que dio origen a Halloween”
- Where did Halloween originate?
- Calendario Celta y la fiesta de «Samhain»
Redacción y fotografía: Juan F. Artillo
Edición y corrección: Daniel Fernández





